LA IGLESIA POPULAR DE BERGOGLIO

LA CRISIS DE LA IGLESIA Por Benedicto XVI La Iglesia y el escándalo del abuso sexual.

EN DEFENSA DE LA FE Documento del Vaticano Ad tuendam fidem.

COMUNIÓN EN LA MANO Las mentiras del P. Balsa y Mons. Sueldo.

COMUNIÓN EN LA MANO (2) Comentario al libro de Mons. Laise.

MONS. KARLIK Y LA MASONERÍA Nueva fraternización.

MONS. KARLIK Y LA GUERRILLA En defensa del MTP.

ROMA Y LA MASONERÍA Documento del Vaticano.

LA IGLESIA Y LA GUERRILLA La mala memoria de nuestros obispos.

CURAS TERCERMUNDISTAS EN ARGENTINA (informe periodístico)

ENEAGRAMA El influjo nefasto sobre la religión.

VIEJOS ERRORES... QUE VUELVEN Lista de algunos famosos descarriados.

HOMENAJES A MONS. ANGELLELI Documentos probatorios.

HISTORIA DEL MODERNISMO

ACERCA DE CIERTA EXÉGESIS (MODERNISTA)

TEOLOGÍA NUEVA: natural-sobrenatural

EL TERCER SECRETO DE FÁTIMA Falso mensaje.

UN OBISPO MÁS IMPORTANTE QUE EL PAPA: WALTER KASPER. por el Card. Ratzinger.

IGLESIAS HERMANAS La única Iglesia de Cristo.

HUMANI GENERIS Pio XII contra el modernismo


RENE TROSSERO

O la disolución de la Fe en el relativismo 


"...ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral. Como se puede comprender inmediatamente, no es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad. (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, nro. 32) 
1. Introducción 
Hace unos días llegó a mis manos un librito, editado por editorial Bonum. "Siembra para ser tu mismo...", es su título. René Trossero, su autor. A este último no lo conozco, más que por haber visto su nombre en los lomos de algunos libros que se venden en librerías que venden algunas obras católicas (visto otras cosas que también venden, no me atrevo a llamarlas a todas "librerías católicas" a secas). 
El libro, entre algunos consejitos de vida bastante interesantes a nivel "humano", está lleno de ambiguedades que en la mayoría de los casos llevan a interpretaciones erróneas de la Fe católica y terribles en cuanto a sus consecuencias prácticas. Básicamente, a su concepción relativista y a la destrucción del espíritu misionero y evangelizador. 
No se trata de errores manifiestos. ¡Eso es lo peor! Se trata de expresiones equívocas, que podrían, con esfuerzo, ser bien interpretadas, pero que su falta de precisión y claridad lleva a posiciones contrarias al espíritu cristiano. Como decía Santo Tomás, una herejía es peligrosa justamente por la parte de verdad que tiene. De otro modo, ¡nadie se la creería! 
Así lo pude comprobar en los hechos, porque al libro llegué a partir del diálogo con una joven, de muy buen corazón, y de práctica cristiana, pero cuyas convicciones en temas fundamentales resultaban apartadas del catolicismo. Indagué, y me encontré con este librito, del que había aprendido gran parte de sus creencias. Después de leerlo, comprendí que las ideas de esta joven, que rechazaba la realidad objetiva del cristianismo y sus enseñanzas (al que veía como una verdad subjetiva o relativa, verdad "para mí"), la universalidad de la moral cristiana (válida frente a todos los hombres, y no una materia de "elección"), la necesidad de evangelizar y practicar la corrección fraterna, y también la afirmación como intrínsecamente malos (es decir, siempre inmorales) de comportamientos como la anticoncepción, el adulterio o las relaciones prematrimoniales (justificables y lícitos según las circunstancias, si se hacen "por amor", etc.), rechazos que estaban inducidas por esa obra. Y por eso consideraba, entre otras cosas, de fanáticos o exagerados, a quienes sostenían estas cosas: los católicos fieles al Papa. 
Vamos a recorrer algunos textos del libro, y a hacer el análisis de los mismos. Seguramente, comprobará que mi juicio es bastante acertado. Y que por eso aquél resulta nada recomendable. Pero antes, algunas verdades del ABC del cristianismo, para que sirvan de base de nuestro análisis. 
2. Algunas verdades cristianas fundamentales 
Cristo vino al mundo. Vino a salvarnos del pecado. Con su muerte y resurrección, nos mereció el perdón. Quienes escuchan su palabra, creen en su mensaje, se convierten de corazón y tratan de cumplir sus mandamientos (arrepintiéndose y proponiendo enmienda cuando faltan), tienen la vida eterna. Quienes no lo hagan, culpablemente, la condenación. Porque después del pecado original, pasamos por esta vida a prueba. No tenemos aquí morada definitiva. Estamos para merecer la otra. Si aceptamos su palabra y la ponemos en obra, haciéndonos más semejantes a Cristo, seremos auténticamente felices y viviremos el verdadero amor. 
Por la fe creemos con firmeza en estas verdades. Estamos "segurísimos" de que es así. No es nuestra opinión, nuestra creencia, nuestra elección, nuestra opción. Es LA verdad. Aunque yo o usted muera, seguiría siendo verdad. No es una verdad que inventamos nosotros. No es verdad porque nosotros creamos en ella o porque la elijamos. Justamente, creemos en ella, la elegimos, por que es la verdad. Aunque todo el mundo, nosotros incluidos, hubiesemos apostatado, y dijéramos que no es así, seguiría siendo esa la verdad. No todos la conocen, no todos la aceptan. Eso no le quita en nada su condición de verdad. 
Ahora bien, es una verdad que debe ser propuesta y no impuesta a los hombres. La Fe es un acto libre. Y la práctica religiosa (salvo en la medida en que esté comprometido el orden social) también. Si creemos realmente en esa verdad, miraremos y juzgaremos las cosas del mundo desde esa verdad, y trataremos de difundirla. Procuraremos vivirla plenamente y ayudar a las otras personas, en la medida de nuestras posibilidades, a conocerla, aceptarla y vivirla, en la vida familiar, de amistad, trabajo, económica, social, política, etc.. Esto es "Evangelizar". Nos lamentaremos cuando veamos que esta verdad es desconocida o rechazada por las personas, porque, en primer lugar, están rechazando a su mismo Salvador y se alejan de la salvación, y en segundo lugar, porque recordaremos que Jesús padeció mucho por este perdón y salvación que es rechazado. Nuestro amor a Dios y al prójimo nos mueven a comunicar esta Verdad Salvadora. 
¿Puede haber algún verdadero cristiano que no esté de acuerdo con ésto? Sí. El cristiano que se haya formado leyendo el librito del que nos ocupamos... 
3. El título 
Si comenzamos con el mismo título, encontramos ya una ambigüedad: "Siembra para ser tu mismo". ¿Qué es esto de ser uno mismo? ¿No es el fin de la vida cristiana hacernos "otros Cristos"? 
El mismo Papa Juan Pablo II ha denunciado el error de quienes, bajo el influjo del relativismo y la negación de la existencia de un orden moral objetivo (es decir, normas morales que todos deben cumplir y que tienen valor en sí mismo, con independencia de lo que creemos o sentimos), tienden a relegar el bien moral por una mera "autenticidad", en cuanto fidelidad al propio sentir o parecer. Lógicamente, debemos ser auténticos, y no falsos o hipócritas. Pero no "auténticos" cualquier cosa: auténticos cristianos, auténticos hombres de bien, auténticos santos. Y no auténticos paganos, auténticos tibios, auténticos delincuentes. Claro que cada cual debe ser santo y cristiano con sus características físicas, psicológicas, sociales, que no son iguales en todos. No todos los santos son iguales. Algunos fueron sacerdotes, otros laicos, algunos hombres, otras mujeres, algunos doctores, otros mártires. Tenían algo en común: vivían el Evangelio a pleno; pero lo vivían en la situación particular en que Dios los había colocado. 
Así vistas las cosas, el título podría ser bien interpretado. Si uno es hombre, si uno es cristiano, y además es un individuo concreto; entonces en rigor se puede decir que se debe ser "uno mismo", en cuanto ser un auténtico hombre (con todas las exigencias de la ley moral natural), un auténtico cristiano (con todas las exigencias del Evangelio), y todo de acuerdo con la propia situación de vida (hombre o mujer, soltero o casado, joven o anciano, etc.). Antonio Millán Puelles pudo escribir un libro de ética titulado "La libre afirmación de nuestro ser", porque al fin y al cabo, ser buenos no es más que ser realmente nosotros mismos (ser verdaderos, plenos y auténticos hombres, creados, caidos y redimidos, y entonces comportarnos como tales). Ser auténticos, en el sentido de sentir, vivir y pensar como un cristiano. 
Pero no es esta la interpretación que surge, en la normalidad de los casos, de un título así. Por lo pronto, nada se aclara de esto en la obra. Nada se dice acerca de que ser "uno mismo" se entiende en el sentido de "nacer de nuevo" según Cristo, de no ser nosotros los que vivimos sino Cristo que vive en nosotros, como dice San Pablo, lo que implica "negarse a si mismo" y tomar la propia cruz. Nada se dice de que ser realmente uno mismo es ser un verdadero, pleno y auténtico hombre y un verdadero, pleno y auténtico cristiano, es decir, un santo. Nada de esto se dice... Más bien surge la idea de que si uno "es como es", es decir, como siente o le resulta cómodo ser, y no como Dios quiere que sea, puede estar "conforme" con su vida... 
En algunas corrientes del pensamiento moderno se ha llegado a exaltar la libertad hasta el extremo de considerarla como un absoluto, que sería la fuente de los valores. (...) Al presupuesto de que se debe seguir la propia conciencia se ha añadido indebidamente la afirmación de que el juicio moral es verdadero por el hecho mismo de que proviene de la conciencia. Pero, de este modo, ha desaparecido la necesaria exigencia de verdad en aras de un criterio de sinceridad, de autenticidad, de «acuerdo con uno mismo», de tal forma que se ha llegado a una concepción radicalmente subjetivista del juicio moral. Como se puede comprender inmediatamente, no es ajena a esta evolución la crisis en torno a la verdad. (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, nro. 32) 
4. La Verdad 
Nuestros pensamientos (juicios) y palabras pueden ser verdaderos o falsos. Son verdaderos cuando coinciden con la realidad; falsos cuando no coinciden con ella. Los cristianos sabemos, y estamos convencidísimos, de que lo que creemos es LA VERDAD. Lo sabemos con toda seguridad porque por la Fe creemos que Dios mismo nos lo ha revelado, y Dios no puede engañarnos. En este sentido, sabemos que cada cosa que decimos o pensamos, si está de acuerdo con el Evangelio tal como lo enseña el Papa, es LA verdad, y que quienes dicen o piensan distinto están, al menos en parte, equivocados. No significa que no haya elementos de verdad en ellos, puede haberlos, pero en cuanto se contradicen con la Fe Católica, contienen elementos de error. El judaismo, por ejemplo, contiene muchos elementos verdaderos (ej. la existencia de Dios, los testimonios de los profetas judíos, etc.) pero también de error (el no reconocimiento de Jesús como el Mesías). En cuanto contradicen la Fe católica, en esos puntos, son falsos. Obvio. Aunque, como dijimos, deba proponerse y no imponerse al resto de los hombres. Y saber que es verdad no constituye "soberbia"; no afirmamos la verdad objetiva de nuestras meras opiniones, sino de las enseñanzas de Cristo, "Camino, Verdad y Vida", y de la Iglesia, "Maestra de Verdad". Para someternos a sus enseñanzas y creerlas verdaderas, se necesita muchísima humildad. 
La Fe es incompatible con el relativismo. Llamamos relativismo a esa concepción tan difundida de que la verdad y los valores no son "objetivos", sino que son relativos: cada persona, cada pueblo, cada cultura tiene sus verdades y sus valores, tan válidos como los otros. Cada uno tendría su verdad. Pensar así sobre la religión es incompatible con la Fe. El católico sabe que lo que cree es la verdad (aunque pueda haber trozos de esta verdad, coincidentes con ella, también en otras culturas o creencias). 
Veamos que nos dice nuestro librito de esto: 
"Confieso que no se qué es la "Verdad en sí", y casi diría que ya no me interesa saberlo... Pero me apasiona la precaria y relativa de todo lo que es transitoriamente verdadero para el hombre, caminante y peregrino..." (p. 4) 
Como ocurre en general con la obra, cabría una interpretación "muy benévola" de este párrafo, que lo aleje del error. Sería pensar que el hombre no puede alcanzar la Verdad total o completa, y debe conformarse con verdades parciales, sobre cosas concretas. Es evidente, porque la inteligencia es limitada. Pero eso no significa que las verdades cristianas, concretas (por ejemplo, las expresadas en el credo), no sean "verdades en sí", o que sean verdades "precarias y relativas", "transitoriamente verdaderas": ¡Si justamente son eternas! ¡No dijo Jesús que cielo y tierra pasarán, pero su palabra no pasará! La interpretación a que naturalmente lleva esta expresión es a pensar que toda verdad es relativa, no válida frente a todas, y transitoria, limitada en el tiempo... A lo mejor mañana deja de ser verdad... 
"La pregunta de Pilato:"¿Qué es la verdad?", emerge también hoy desde la triste perplejidad de un hombre que a menudo ya no sabe quién es, de dónde viene ni adónde va. Y así asistimos no pocas veces al pavoroso precipitarse de la persona humana en situaciones de autodestrucción progresiva. De prestar oído a ciertas voces, parece que no se debiera ya reconocer el carácter absoluto indestructible de ningún valor moral. Está ante los ojos de todos el desprecio de la vida humana ya concebida y aún no nacida; la violación permanente de derechos fundamentales de la persona; la inicua destrucción de bienes necesarios para una vida meramente humana. Y lo que es aún más grave: el hombre ya no está convencido de que sólo en la verdad puede encontrar la salvación. La fuerza salvífica de la verdad es contestada y se confía sólo a la libertad, desarraigada de toda objetividad, la tarea de decidir autónomamente lo que es bueno y lo que es malo. Este relativismo se traduce, en el campo teológico, en desconfianza en la sabiduría de Dios, que guía al hombre con la ley moral. A lo que la ley moral prescribe se contraponen las llamadas situaciones concretas, no considerando ya, en definitiva, que la ley de Dios es siempre el único verdadero bien del hombre»." (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, nro. 84) 
5. La Ley y el Amor 
Hay en el cristianismo una Fe para ser creida y una ley moral para ser cumplida. También hay prácticas disciplinarias y litúrgicas, normas que establece la Iglesia sobre sacramentos, liturgia, culto, etc. 
El mandamiento principal es el amor. El amor debe estar siempre presente en nuestras obras para que sean meritorias. Sin amor, de nada sirven. Nuestros actos de justicia, pureza, generosidad, valentía, templanza, etc. deben estar movidos por el Amor a Dios, y del prójimo por amor a Dios. 
Cuando se trata de una ley establecida por la Iglesia en materia disciplinar o de culto, su cumplimiento debe subordinarse al mandato de la caridad. Es decir, que motivos serios pueden hacer lícito el no cumplirlas. Es decir, quien en lugar de quedarse cuidando a su padre enfermo, necesitado de cuidado permanente, lo abandona para ir a Misa dejándolo solo, peca. El mandamiento del amor a Dios y al prójimo está por encima de estas prescripciones legales. 
Pero no hay que confundir esto con el cumplimiento de la ley moral. Esta ley moral, grabada en nuestra naturaleza y enseñada por Dios, es el camino de la salvación del hombre. Es enseñada, no establecida por la Iglesia. Obrando de acuerdo con ella demostramos nuestro amor por Él (que murió, justamente, para salvarnos del pecado), nuestro amor a nosotros mismos, y nuestro amor a los demás. Así, quien comete un pecado al dejar de cumplir  las exigencias de la ley moral revela, siempre, falta de amor. Falta de amor a Dios, a quien ofende; falta de amor a si mismo, pues mancha su alma; y muchas veces también falta de amor al prójimo, por ser víctima del pecado, por el mal ejemplo, o al menos porque forma parte del mismo Cuerpo Místico. Esto significa que nunca el amor puede ser excusa para pecar. Quien realmente ama, se aparta del pecado. Los Santos, que llevaron a la cima el amor, por eso justamente evitaron el pecado. Más aún si recordamos la existencia de actos intrínsecamente malos: actos que por su objeto inmoral son siempre ilícitos, desordenados, como el uso de la sexualidad con personas que no están unidas en matrimonio, o el impedir artificialmente la procreación, o el homicidio de inocentes. En estos casos, el verdadero amor (a Dios, a nosotros y al prójimo) nos lleva a cumplir la ley moral, nunca a incumplirla. 
"Fruto del Espíritu y plenitud de la ley, la caridad guarda los mandamientos de Dios y de Cristo: 'Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor' (Evangelio según San Juan, 15, 9-10)" (Catecismo de la Iglesia Católica, nro. 1824) 
Hay comportamientos concretos cuya elección es siempre errada porque comporta un desorden de la voluntad, es decir, un mal moral. No está permitido hacer un mala para obtener un bien. (Catecismo de la Iglesia Católica, nro. 1761) 
Veamos que nos dice el librito:  
"El hombre libre se goza cuando hace algo fuera de la ley, porque se lo exige el amor. El hombre legalista queda satisfecho cuando cumple con la ley, aunque sea a costa del amor" (p. 6). 
No hay distinción alguna. No se aclara si se habla de la ley moral o de una ley establecida por la Iglesia. No se hace alusión alguna a los actos intrínsecamente malos. La confusión es evidente. Más aún con la idea errónea que hay hoy día del amor (donde la verdadera búsqueda del auténtico bien del otro es confundida con el mero afecto o atracción sensible, la el amor-virtud-caridad, exigido por los mandamientos, se confunde con el amor-emoción-sentimiento. Cuando Dios nos manda amarlo sobre todas las cosas, y al prójimo como a nosotros mismos, no refiere principalmente a que lo queramos sensible o afectivamente, cosa que no depende totalmente de nosotros, sino a que nos entreguemos a servirlo y evitemos el ofenderlo, aunque sentimentalmente estemos inclinados a lo contrario). Con esta visión deformada una persona divorciada sentirá legítimo el adulterio "si lo hace por amor", las relaciones prematrimoniales "si las hace por amor", y así con lo demás. Es el "ama y haz lo que quieras" de San Agustín, deformado como un "viva la pepa"; cuando justamente lo que éste enseñó es que si realmente amamos, podemos hacer lo que queramos, porque vamos a querer solamente el bien... Debemos obrar el bien y cumplir los mandamientos, justamente por el amor que tenemos a Dios y al prójimo, aunque no sea a lo que nos inclinan nuestras pasiones, emociones o sentimientos, los que, heridos por el pecado original, no siempre nos inclinan al bien. Pero cabe aclarar que cuando conquistemos la virtud, a través del esfuerzo en el obrar bien, conseguiremos el obrar bien con gozo y con gusto... 
"La perfección moral consiste en que el hombre no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su apetito sensible según estas palabras del salmo: "Mi corazón y mi carne gritan de alegría hacia el Dios vivo" (Sal 84, 3)" (Catecismo de la Iglesia Católica, nro. 1770) 
"Los sentimientos más profundos no deciden ni la moralidad, ni la santidad de las personas; son el depósito inagotable de las imágenes y de las afecciones en que se expresa la vida moral. Las pasiones son moralmente buenas cuando contribuyen a una acción buena, y malas en el caso contrario. La voluntad recta ordena al bien y a la bienaventuranza los movimientos sensibles que asume; la voluntad mala sucumbe a las pasiones desordenadas y las exacerba. Las emociones y los sentimientos pueden ser asumidos en las virtudes, o pervertidos en los vicios" (Catecismo de la Iglesia Católica, nro. 1768) 
En otro de sus libritos, "El camino del noviazgo", de la misma editorial, nada menos que en el capítulo dedicado al sexo, luego de explicar que no va a hacer referencia a si las relaciones prematrimoniales están bien o mal, leemos lo siguiente: 
"...no esperen que les de razones, criterios o preceptos para definir si está bien o está mal el que tengan relaciones sexuales antes del matrimonio. Y no porque no tenga nada para decir, ni porque yo carezca de convicciones personales al respecto, sino porque me parece encarar mal la cosa empezando por el fin. Yo prefiero conversar un momento con ustedes sobre el tema y dejar en sus manos la responsabilidad de juzgar qué es lo "bueno posible" para ustedes" (p. 37). 
Es discutible si un libro sobre el noviazgo necesariamente debe hablar de sexo. Pero si habla, ¡no puede callar un tema tan importante como la ilicitud de las relaciones sexuales antes del matrimonio! Y no solo eso, sino que tampoco puede remitir a un juicio individual, de situación, lo que constituye un acto intrínsecamente malo, objetivamente inmoral, no importa la situación o el caso. ¿Qué es eso de bueno-posible? Con la gracia de Dios siempre es posible apartarse del pecado...  
Lo que Dios manda lo hace posible por su gracia (Catecismo de la Iglesia Católica, nro. 2082) 
Siempre es posible mantener la castidad durante el noviazgo, si uno pone de su parte los medios... porque la parte de Dios está descontada. Esta alusión a lo bueno-posible, sin aclarar, lleva a pensar más bien en lo "agradable-fácil", porque conservar la castidad es difícil, y las pasiones harán que fácilmente se considere "imposible", y entonces no "bueno-posible". Tratándose de un tema claramente condenado en la Escritura (como pecado de fornicación) y así enseñado por la Iglesia, no se puede remitir al juicio de los lectores... ¡Más aún cuando se trata de materia grave! Basta un solo pecado de este tipo, deliberado, culpable y sin arrepentimiento, para privar a una persona de la vida eterna (Catecismo de la Iglesia Católica nro. 1037 y 1861)... Por otro lado, si puede coincidirse en que no debe empezarse por aquí la cuestión, resulta que en el librito ni está tratada aquí, ni está tratada al final...
 Pensemos, en línea con lo anterior, en el siguiente texto: 
"Pienso que el cielo no debe ser el "lugar" donde llegan los que emplearon su vida acopiando méritos para ganarlo, sino los que consagraron su vida a la tarea de hacer que los otros vivieran felices" (p. 31). 
Nuevamente, cabe una interpretación "beneficiosa". La primera preocupación no debe ser el "premio", la vida eterna, sino el bien, el buscar por amor el bien; y el premio, la vida eterna, vendrá como consecuencia. Pero de nuevo la ambigüedad, esta vez por el concepto de "felicidad". Porque se podría pensar, correctamente, que no debemos preocuparnos tanto de la vida eterna como del verdadero bien de las personas, en el que radica su felicidad, es decir, en que vivan de acuerdo con la ley de Dios, y merezcan la vida eterna, única felicidad perpetua. Pero nada de esto se aclara. Más bien, la interpretación habitual de este texto sería la siguiente: no importa tanto cumplir o no la ley de Dios ("acopiar méritos"), lo importante es hacer que la gente esté "contenta" (que sean felices). Entonces, nada de tratar de ayudar a las personas a que carguen con su cruz por ser fieles a la ley de Dios (llámese, por ejemplo, una persona abandonada por su esposo que no puede volver a constituir una nueva unión, o una pareja estéril que no puede recurrir a métodos inmorales de procreación); no hacer nada que pueda significar que se sientan "culpables" por la forma desordenada de vida que llevan; nada que los haga sentir mal si no viven como Dios manda. "Hacerlos felices", y no preocuparnos de acopiar "méritos" para el cielo. ¿No merecía, por lo menos, una aclaración, para evitar alguna interpretación de este tipo? 
En suma, los textos dejan bastante mal parados a los mandamientos de la ley de Dios, y de hecho tienden a negar los actos intrínsecamente malos... 
"La doctrina de la Iglesia, y en particular su firmeza en defender la validez universal y permanente de los preceptos que prohíben los actos intrínsecamente malos, es juzgada no pocas veces como signo de una intransigencia intolerable, sobre todo en las situaciones enormemente complejas y conflictivas de la vida moral del hombre y de la sociedad actual. Dicha intransigencia estaría en contraste con la condición maternal de la Iglesia. Esta -se dice- no muestra comprensión y compasión. Pero, en realidad, la maternidad de la Iglesia no puede separarse jamás de su misión docente, que ella debe realizar siempre como Esposa fiel de Cristo, que es la Verdad en persona:«Como Maestra, no se cansa de proclamar la norma moral... De tal norma la Iglesia no es ciertamente ni la autora ni el árbitro. En obediencia a la verdad que es Cristo, cuya imagen se refleja en la naturaleza y en la dignidad de la persona humana, la Iglesia interpreta la norma moral y la propone a todos los hombres de buena voluntad, sin esconder las exigencias de radicalidad y de perfección». En realidad, la verdadera comprensión y la genuina compasión deben significar amor a la persona, a su verdadero bien, a su libertad auténtica. Y esto no se da, ciertamente, escondiendo o debilitando la verdad moral, sino proponiéndola con su profundo significado de irradiación de la Sabiduría eterna de Dios, recibida por medio de Cristo, y de servicio al hombre, al crecimiento de su libertad y a la búsqueda de su felicidad. Al mismo tiempo, la presentación límpida y vigorosa de la verdad moral no puede prescindir nunca de un respeto profundo y sincero -animado por el amor paciente y confiado-, del que el hombre necesita siempre en su camino moral, frecuentemente trabajoso debido a dificultades, debilidades y situaciones dolorosas. La Iglesia, que jamás podrá renunciar al «principio de la verdad y de la coherencia, según el cual no acepta llamar bien al mal y mal al bien» ha de estar siempre atenta a no quebrar la caña cascada ni apagar el pabilo vacilante (cf. Is 42, 3). El Papa Pablo VI ha escrito:«No disminuir en nada la doctrina salvadora de Cristo es una forma eminente de caridad hacia las almas. Pero ello ha de ir acompañado siempre con la paciencia y la bondad de la que el Señor mismo ha dado ejemplo en su trato con los hombres. Al venir no para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3, 17), El fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso hacia las personas»" (Juan Pablo II, Encíclica Veritatis Splendor, nro. 95) 
6. La existencia de Dios y el ateismo 
Es un dogma de Fe, definido por el Concilio Vaticano I, que es posible demostrar la existencia de Dios. A partir de la creación se puede llegar al creador. Así lo han hecho muchos hombres que ni conocieron el cristianismo, pero que entendieron que el mundo es incomprensible sin Dios. Además de estas pruebas, por todos lados hay indicios o signos de su presencia; elementos incomprensibles sin Él. Pero entonces, ¿cómo es que hay ateos? Es difícil contestar a esta pregunta. Si realmente puede haber alguien que con sinceridad no crea en Dios. O si en realidad lo niegan de palabra y con sus obras, pero en el fondo creen en él. Y de éstos, es difícil determinar cuantos lo hacen culpablemente, porque no les conviene que Dios exista para no tener que someterse a Él, y cuantos no. Pero parece claro que resulta más difícil negar la existencia de Dios que afirmarla, porque negándola hay muchas cosas que quedan sin explicación. Admitir la existencia de Dios es cosa de hombres sensatos. Por eso dice la Escritura, "Dice el necio en su corazón: no hay Dios". 
Si bien es posible demostrar la existencia de Dios, y Santo Tomás enunció 5 "pruebas" o "vías", y el Catecismo de la Iglesia Católica trae unas cuantas, también es cierto que difícilmente quien no crea o quiera creer en Dios se convenza con estas pruebas meramente racionales; sin un cambio de actitud. Es difícil. Nuestro testimonio de cristianos será siempre una "prueba" más contundente. 
En las condiciones históricas en que se encuentra, el hombre experimenta muchas dificultades para conocer a Dios con la sola luz de su razón (Catecismo de la Iglesia Católica nro. 37) 
Lo que es obvio es que el creyente tiene razón y el ateo no; y que, entonces, lógicamente, hay "razones" a favor del creyente, y que las razones que presente el ateo deben ser, más bien, falsas razones, porque lo que es falso no puede ser demostrado (y es falso que Dios no exista). No están los dos al mismo "nivel" en cuanto a la verdad de sus afirmaciones. 
Veamos que surge del libro que analizamos: 
"Alguien me dijo: "tu necesidad de creer y apoyarte en Dios no me prueba que Dios existe". Y le respondí: "¡Es cierto! Tan cierto como que el hecho de que tú no creas no me prueba que Dios no existe". Exclamó: "¿Y entonces?" Respondí: "Muy simple: tú no crees, y yo creo. Yo no puedo demostrarte que Dios existe. Tú no puedes demostrarme que Dios no existe. Yo no te juzgo a ti por tu ateísmo. No me juzgues tú a mi por ser creyente. ¡Vivamos ambos!, viendo cada uno cómo vive el otro, más o menos feliz, y más o menos humanamente... ¡Y eso es lo que importa!" (p. 47). 
Interpretación benigna (y medio forzada): por más que Dios existe, y que el creyente tiene razón, no es con demostraciones que va a suscitar la conversión, sino con su testimonio de vida. Interpretación que no es la que naturalmente fluye del texto. En primer lugar, porque contiene verdaderos errores: es falso que la necesidad de creer y apoyarse en Dios no constituya una prueba de su existencia: sentimiento religioso tan arraigado y tan profundo, tan connatural al hombre, esa inteligencia que busca la verdad y esa voluntad orientada al bien que no se satisfacen nunca sino ante el bien absoluto y la verdad absoluta, no se explicarían, aparecerían como "truncas", si Dios no existiese. Sin Dios, las cosas fundamentales de la vida (la muerte, el sufrimiento, el aparente "triunfo" de las personas malvadas) no tendrían explicación alguna. Por eso nuestra necesidad de creer y apoyarnos en Dios, en alguna medida, en cuanto surge de nuestro mismo ser, nos llevan a afirmar su existencia. Si no, ¿de dónde habría salido?  
El hombre: Con su apertura a la verdad y a la belleza, con su sentido del bien moral, con su libertad y la voz de su conciencia, con su aspiración al infinito y a la dicha, el hombre se interroga sobre la existencia de Dios. En estas aperturas, percibe signos de su alma espiritual. La "semilla de eternidad que lleva en sí, al ser irreductible a la sola materia" (GS 18,1; cf. 14,2), su alma, no puede tener origen más que en Dios. (Catecismo de la Iglesia Católica nro. 33) 
El segundo error que fluye del texto lo constituye la negación de la posibilidad de demostrar la existencia de Dios, verdadera herejía (en cuanto esta posibilidad fue afirmada como de Fe por el Concilio Vaticano I).  
"La santa Iglesia, nuestra madre, mantiene y enseña que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con certeza mediante la luz natural de la razón humana a partir de las cosas creadas" (Cc. Vaticano I: DS 3004; cf. 3026; Cc. Vaticano II, DV 6). Sin esta capacidad, el hombre no podría acoger la revelación de Dios. El hombre tiene esta capacidad porque ha sido creado "a imagen de Dios" (cf. Gn 1,26) (Catecismo de la Iglesia Católica nro. 36). 
Y luego, como siempre, la ambiguedad. Se pone al creyente y al no creyente en el mismo plano; es decir, en el mismo plano la verdad y el error. Habla de no juzgar a las personas, lo que es correcto, pero no aclara que sin juzgar la conciencia debemos valorar el comportamiento exterior. El creyente debe saber que el no creyente está, objetivamente, contraviniendo la ley de Dios, y debe rezar por él y tratar de ayudarlo, con su ejemplo y su palabra respetuosa, a recibir la Fe, aunque no juzga su conciencia y responsabilidad. Además, nuevamente, se habla del vivir felices y humanamente, "que es lo que importa", sin aclarar. Nueva ambiguedad, porque en rigor, lo que importa es vivir cristianamente (y no solo humanamente), tomar la cruz y servir a Dios (donde radica la auténtica felicidad), porque 
La ciencia más acabada 
es que el hombre bien acabe. 
Pues al fin de la jornada 
el que se salva sabe, 
y el que no, no sabe nada.
7. La Evangelización 
Con estos prolegómenos, se advertirán fácilmente las conclusiones en relación con la evangelización. 
Sabemos que como cristianos estamos obligados, por mandato del Señor, a Evangelizar, a transmitir su Mensaje, con el ejemplo y la palabra. Tanto los sacerdotes como los laicos.  
Los laicos cumplen también su misión profética evangelizando, con "el anuncio de Cristo comunicado con el testimonio de la vida y de la palabra". En los laicos, esta evangelización "adquiere una nota específica y una eficacia particular por el hecho de que se realiza en las condiciones generales de nuestro mundo" (LG 35): "Este apostolado no consiste sólo en el testimonio de vida; el verdadero apostolado busca ocasiones para anunciar a Cristo con su palabra, tanto a los no creyentes ... como a los fieles (AA 6; cf. AG 15)" (Catecismo de la Iglesia Católica nro. 955) 
Sabemos que hay elementos de verdad también en otras religiones. Sabemos que no todos los que no pertenecen visiblemente a la Iglesia, como Jesús quiere, sino que practican cultos que no son el verdadero, son culpables de ello. 
"El santo Sínodo... basado en la Sagrada Escritura y en la Tradición, enseña que esta Iglesia peregrina es necesaria para la salvación. Cristo, en efecto, es el único Mediador y camino de salvación que se nos hace presente en su Cuerpo, en la Iglesia. Él, al inculcar con palabras, bien explícitas, la necesidad de la fe y del bautismo, confirmó al mismo tiempo la necesidad de la Iglesia, en la que entran los hombres por el bautismo como por una puerta. Por eso, no podrían salvarse los que sabiendo que Dios fundó, por medio de Jesucristo, la Iglesia católica como necesaria para la salvación, sin embargo, no hubiesen querido entrar o perseverar en ella (LG 14)" (Catecismo de la Iglesia Católica nro. 846) 
"Esta afirmación no se refiere a los que, sin culpa suya, no conocen a Cristo y a su Iglesia: "Los que sin culpa suya no conocen el Evangelio de Cristo y su Iglesia, pero buscan a Dios con sincero corazón e intentan en su vida, con la ayuda de la gracia, hacer la voluntad de Dios, conocida a través de lo que les dice su conciencia, pueden conseguir la salvación eterna (LG 16; cf DS 3866-3872)" (Catecismo de la Iglesia Católica nro. 847) 
"Lo que acabo de decir arriba (sobre la posibilidad de salvarse de los que ignoran sin culpa el Evangelio) no justifica, sin embargo, la posición relativista de quien considera que en cualquier religión se puede encontrar un camino de salvación, incluso independiente de la fe en Cristo Redentor, y que el diálogo interreligioso deba basarse en esta ambigua concepción. No está aquí la solución conforme al Evangelio del problema de la salvación de quien no profesa el credo cristiano. Hemos de sostener, en cambio, que el camino de la salvación pasa siempre por Cristo, y que, por consiguiente, corresponde a la Iglesia y a sus misioneros el deber de hacerlo conocer y amar en todo momento, en todo lugar y en cualquier cultura" (Juan Pablo II, Audiencia General, 31/5/95) 
Pero sabemos sí, por un lado, que se pierden de la verdad plena; y, por otro, que aunque ellos no sean culpables nosotros somos culpables si no evangelizamos.  
"Aunque Dios, por caminos conocidos sólo por Él, puede llevar a la fe, 'sin la que es imposible agradarle' (Hb 11, 6), a los hombres que ignoran el Evangelio sin culpa propia, corresponde, sin embargo, a la Iglesia la necesidad y, al mismo tiempo, el derecho sagrado de evangelizar" (AG 7) (Catecismo de la Iglesia Católica nro. 848) 
"Esto, sin embargo, no debe llevar a la conclusión de que su actividad misionera en estas circunstancias sea menos necesaria. Todo lo contrario. De hecho, quien desconoce a Cristo, a pesar de no ser culpable, llega a encontrarse en una condición de oscuridad y de carestía espiritual con muestras negativas muchas veces incluso en el plano cultural y moral" ( (Juan Pablo II, Audiencia General, 15/6/95) 
"Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28, 19-20). 
Porque la voluntad del Señor es tener a todo el pueblo unido bajo una sola Fe (la católica) y un solo Pastor (el Papa). Por eso el compromiso ecuménico que ha asumido la Iglesia desde hace un tiempo, tendiente a recobrar la unidad perdida de todos los cristianos bajo el mismo Pastor. 
La misión de la Iglesia reclama el esfuerzo hacia la unidad de los cristianos (cf RM 50). En efecto, "las divisiones entre los cristianos son un obstáculo para que la Iglesia lleve a cabo la plenitud de la catolicidad que le es propia en aquellos hijos que, incorporados a ella ciertamente por el bautismo, están, sin embargo, separados de su plena comunión. Incluso se hace más difícil para la propia Iglesia expresar la plenitud de la catolicidad bajo todos los aspectos en la realidad misma de la vida" (UR 4) (Catecismo de la Iglesia Católica nro. 855) 
Veamos lo que surge del librito: 
"¿Por qué te sientes molesto o amenazado, cuando el otro no piensa como tú, no vive como tú, no comparte tu fe...? Las diferencias son un signo de riqueza en una humanidad que se busca a sí misma en cada hombre, sin agotarse en ninguno. Cuando alcances la madurez que te permita aceptar en paz que el otro sea como es, piense como quiere y crea como puede... estarás alcanzando la libertad madura para permitirte ser tú mismo, sin culpas ni reproches" (p. 75) 
Como siempre, ambigüedad. Hay diferentes modos de vivir o pensar que son plenamente legítimos; y buenos. Pensemos, por ejemplo, en la cultura católica francesa, diferente de la española y la americana. O en el folklore o la lengua, propios de cada pueblo. Son un signo de riqueza. Pero que algunos no crean en Cristo o en su Iglesia, es más bien una desgracia. Porque Cristo vino para salvar a todos, y dejó su Iglesia para conducir a todos los hombres hacia él. En estos casos, la diferencia no es ningún signo de riqueza. Esto no significa que uno deba sentirse molesto o amenazado solo porque alguien no piense o viva como uno, lógicamente. Esto, siempre que no ataque a Cristo o a la Iglesia, cosa cada vez más común. Hemos asistido, por ejemplo, a verdaderos actos denigratorios contra imágenes de la Virgen (en Rosario, una "artista" presentó un foto retrato donde hacía aparecer imágenes de la Virgen representada por fotos de vulvas de vaginas...). Tampoco está mal que nos molestemos porque por los medios de comunicación se difundan modos erróneos de pensar y de vivir, confundiendo a tanta gente. ¡Cómo no nos vamos a molestar! Jesús se molestó ante los mercaderes del templo, que profanaban la casa de Dios, o ante los fariseos, que falsificaban la verdadera Fe. En todo caso, de no sentirnos molestos, deberíamos sentirnos al menos tristes de ver a las personas lejos del camino del Señor. Sin ninguna de estas aclaraciones, vemos entonces la consecuencia natural del texto: las creencias o forma de vida de los otros, aún cuando sean gravemente contrarios a la ley de Dios y la ley natural, no deben movernos ni un pelo, debemos verlos como signos de riqueza, no debemos tratar de contribuir a que cambien, de que no causen daño por su difusión social, etc... Por ejemplo, ¿Qué conclusión se saca del texto respecto al matrimonio entre homosexuales, el divorcio, u otros desórdenes sociales? ¿No es acaso su admisión legal? 
Por otro lado, permitirse ser "uno mismo sin culpas ni reproches" es una idea que caerá bien en ambientes psicologizados pero profundamente anticristiana. Por algo, al rezar el Yo pecador en las Misas decimos "Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa". Claro que la culpa debe acompañarse de la confianza en la Misericordia de Dios para quien se arrepiente, se levanta y sigue luchando... Pero sentirse culpable por haber faltado a tan gran Amor (sin dejar de confiar en Su Misericordia)... es un sentimiento de los más santos, que debemos pedir a Dios... 
La idea de "cada cual hace lo que queire con su vida" se complementa con el texto que sigue: 
"Si domesticas al tigre para que no te mate, tendrás que matar tú para alimentarlo... ¡Deja que los otros se hagan responsables de su vida!" (contratapa). 
Dejar que los otros se hagan responsables de su vida no debe significar ni aprobarla, ni dejar de preocuparnos si llevan una vida lejos de la ley de Dios, ni dejar de ayudarlos a rectificar el camino (corrección fraterna), ni de predicar siempre la verdad. Nuevamente, ninguna aclaración... 
En cambio, nos dice la Sagrada Escritura: 
"Hermanos míos, si alguno de ustedes se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sepan ustedes que cualquiera que hace volver al pecador de su mal camino, lo salva de la muerte y hace que muchos pecados sean perdonados" (Carta del Apostol Santiago, 5, 19) 
Por otro lado, nos preguntamos, si hay que dejar que cada uno se haga responsable de su vida, ¿Para qué escribió Trossero el librito, con indicaciones a la gente acerca de como debe pensar o vivir? 
8. Conclusión. 
Volvamos sobre las convicciones de la joven que citábamos en la introducción: 
* Rechazo de la objetividad de la fe católica, planteada como mi verdad, pero no LA verdad... 
* Rechazo de la existencia de actos objetivamente inmorales en todos los casos, hay que ver cada caso, si se hacen por amor... 
* Rechazo del deber de evangelizar y dar testimonio de la Fe, mediante el ejemplo y la palabra, ante los otros... 
¿No aparecen claramente inducidos por la obra que reseñamos? 
Alguien podría preguntarse quién nos creemos como para hacer estos juicios. No tenemos autoridad alguna, por eso no damos orden alguna. Y si lo que estuviera en juega fuese, simplemente, nuestra "opinión" sobre algunos temas, sin duda sería soberbio de nuestra parte hacer críticas como las que vertimos en este trabajo. Pero no se trata de eso. No defendemos nuestra opinión, sino las enseñanzas de nuestra Fe y de nuestra Iglesia. A ellas nos sometemos, humildemente. Y no nos parece que esta obra sea recomendable para crecer en ella. La misma Iglesia nos enseña que los laicos tenemos el derecho y a veces incluso el deber: 
"de manifestar a los pastores sagrados su opinión sobre aquéllo que pertenece al bien de la Iglesia y a manifestarla a los demás fieles, salvando siempre la integridad de la fe y de las costumbres y la reverencia hacia los pastores, habida cuenta de la utilidad común y de la dignidad de las personas" (Catecismo de la Iglesia Católica, nro. 907). 
Me imagino que hubiese pasado si los cristianos de siempre hubiesen tenido, en vez de la Sagrada Escritura, el librito "Siembra para ser tu mismo" de René Trossero. Nosotros no seríamos cristianos. Porque ni los 12 apóstoles se hubiesen lanzado a predicar a Cristo entre los paganos para sacarlos del error y llevarlos a la verdad, ni miles de religosos españoles hubiesen dejado todo para venir al Nuevo Mundo a traer el único mensaje de salvación. El celo apostólico, el espíritu misionero, que evangelizó al mundo crece y fructifica en cabezas y corazones que entienden justamente lo contrario que lo que surge, naturalmente, de los textos analizados. 
De nada sirven algunos otros párrafos, aislados, donde se habla del testimonio de las propias convicciones. La falta de aclaraciones frente a textos tan ambiguos como los que aquí traemos genera, y lo vimos en los hechos, actitudes y consecuencias erróneas, contrarios a las verdades y al espíritu cristiano. 
Por otro lado, se trata de una obra "trasnochada". Esto lo decimos, porque si viviéramos en tiempos pasados, donde pudo existir, en algunos casos, el riesgo de que el excesivo fervor por la verdad haga olvidar la caridad para con el que yerra; o que terminemos afirmando como "verdades" cosas que solo son meras opiniones nuestras... entonces, quizás, un librito de este tipo tendría más sentido. Pero en una cultura escéptica, que no cree en la verdad; aburguesada, que no se juega por nada; relativista, que no admite valores o principios objetivos y de validez absoluta; secularista, que vive como si Dios no existiese, o a lo sumo considera la religión como un "aditamento" psicológicamente útil para sentirse bien... pero nada que exija "sometimiento"; en el siglo del cambalache, donde "todo es igual, nada es mejor, lo mismo un burro que un gran profesor", donde "no hay aplazaos ni escalafón, los inmorales nos han igualao", las ideas que transmite el libro no hacen sino consolidar el mal... 
No juzgamos la conciencia del autor. Ni tampoco la totalidad de sus obras, que desconocemos. Simplemente notamos que se trata, en este caso, de una obra peligrosa para la formación cristiana. No que no diga cosas interesantes. Las dice, y seguramente harán bien a personas alejadas de la verdad... Pero junto a otras que más bien siembran confusión, y sin ninguna aclaración. Y grave confusión, que hiere de muerte la objetividad de la fe... Y peor si se presentan como "católicas". ¿Qué pensaríamos de un libro de historia "buenísimo en todo", salvo porque dice que América fue conquistada por los chinos..., que Napoleón era un religioso japonés..., y que la Segunda Guerra Mundial ocurrió en el siglo XVII? ¿Cuál sería nuestra valoración de la obra, pese a tantas cosas importantes que pueda decir? Creemos, y esperamos que así sea, no haber quitado los párrafos citados de contexto. Es más, en general, el librito se compone de pensamientos aislados...  
Obra peligrosa, sobre todo, porque falta lo más importante. Porque no transmite un deseo profundo de enamorarse de Cristo. Porque no derrama en nuestros corazones un deseo apasionado de conocer al Redentor, de seguirlo, de amarlo con toda el alma, con todo el corazón. Y, en rigor, un librito de espiritualidad, escrito por "católicos", editado por "católicos", vendido por "católicos", comprado por "católicos", y leido por "católicos", que no nos enamora de Jesús, ¿para qué sirve? 
Con un poco de ironía, podríamos decir que quien "siembra para ser uno mismo", como propone el título, solo cosechará más de "uno mismo" (¿y para qué?); quien siembra para ser otro Cristo, cosechará la vida eterna... Como decía San Agustín, dos amores fundaron dos ciudades: la del amor a si mismo hasta el desprecio de Dios, y la del amor a Dios hasta el desprecio de sí mismo... 
Por eso, la responsabilidad de sus editores, vendedores y compradores es mayor. ¡Discernimiento! Frente a tantos libros tan hermosos escritos en el seno de la Iglesia por sus santos y sus doctores... ¿Qué necesidad tenemos los católicos de literatura de este tipo?